Madame (In red)


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Madame. In red. Darbo Scalante. 06/13

Un viejo arriero me persigue, se llama pasado.

Sobre una calle destruida o en proceso de reconstrucción —las aceras están voladas de sus sitios—, la actividad comunitaria se vuelve insostenible. Personal oficial y civiles corrientes se encargan de devolverlo todo a su lugar. Lodazal, tierra húmeda, raíces de árbol, concreto levantado como ampolla de las calles. Donde me encuentro, el aire sopla —no hay aire— dejando una sensación de avenida.

Poco a poco me doy cuenta del terreno en que piso —siempre llegas a este tipo de lugares sin tener la más remota idea respecto de dónde te encontrabas un segundo antes—, los trabajadores empiezan a tornarse rostros conocidos. Sin embargo, sólo distingo íntegramente a una mujer —no me extrañaría pensar que entre toda la masa deambula Marcela, la delgada.

La mujer —una gruesa mujer— conocida yace de rodillas sobre la tierra irregular que se extiende a lo largo de una raíz. Está preocupada por lo que hace. ¿Está escarbando? Levanta la vista y al distinguirme, me pregunta algo muy digno de su tono. Que qué estoy haciendo aquí rodeado de tanta porquería; que estos no son mis terrenos. Es su ironía. De seguro su verdadera duda es por qué es ella sola quien desempeña la labor y no junto conmigo. Siempre se ha tenido por una condenada, por una persona de mala estrella. Sin lugar a dudas, lo es, eso creo.

Sin responderle, a mi vez hago mis propias inquisiciones. Qué es lo que hace colocando esas banderitas en cada rectángulo de la loza. Dice algo al respecto, pero parece que ella tampoco tiene una idea clara. No cabe duda que sólo le dijeron “hazlo” y ella ni chistó. Al tiempo que las dispone en su sitio, hace a un lado otras que parecen anteriores. Las que coloca son idénticas entre sí y mientras las acomoda, retira las otras, ésas, distintas una de otra. Las viejas banderitas aludían a distintas naciones. Ahora todo empieza a pertenecer a un solo reino.

La nueva insignia pertenece a un gobierno rico. El diseño tiene algo de la bandera argentina y algo de la griega, más un ojal en la parte izquierda —aunque en verdad no puedo recordar exactamente a qué lado. El miedo asciende dentro de mi frente al ejercicio estandarizador. Entredientes, me repito un supuesto versículo bíblico “similar a la señal de la cruz, pero incompleta”, refiriéndome a la línea horizontal que es el ojal.

La mujer —esta gruesa mujer—, va a decirme algo, pero, tal como sucede siempre en los sueños, lo que dice se torna ininteligible, como un murmullo, una boruca de voz quedita y apisonada que ignórase confusa.

Todos los símbolos hasta ahora, entran en mi galería de pensamiento como alusiones apocalípticas. Éste es el arriero del pasado.

La mujer —es una gruesa mujer, que se llama como Marcela, y en esto no hay nada de críptico— se levanta dejando a un lado la tarea, ahora va junto conmigo, andamos calle abajo. Por algo que decimos, me entrega una navaja para perfilar puntas de lápiz. Por algo. Y como en los sueños, sin más qué aclarar, se pierde en un azar similar a la chingada.

Antes de desaparecer, nos encontramos en un sitio corriente de la realidad. Ahora reconozco en dónde me encuentro: es una de las avenidas limítrofes entre mi colonia y el resto del mundo. Yo estoy del lado que le resta al mundo.

Ahí, parado y sin más qué hacer, aún antes de darme cuenta que estoy solo, de pronto me encuentro acompañado por otros dos que no recuerdo ya. Llevaban overoles azules de mecánico y creo que yo también, pero sólo hasta ese momento.

Los tres cruzamos una charla acerca de algo que había comenzado unos días antes, algo que ya habíamos tratado. Estamos tranquilamente parados en la esquina en la que me dejó Marcela —la gruesa— antes de desaparecer, a boca de jarro de mi espantosa —en el sueño, su proximidad me es totalmente indiferente— y damos la impresión de estar pasando un buen rato ahí.

Antes de que todo el trámite evolucione hacia alguna parte, de la nada hacen su aparición un trío de policías. Tomando en cuenta la reacción de mis acompañantes, yo soy el más tranquilo.

Decimos algo y sin más, nos dirigimos a la comisaría, que queda a unos pasos de la esquina, donde tiene lugar la revisión rutinaria. Los otros dos, después de un meticuloso examen, resultan limpios. Al llegar conmigo, los oficiales me piden que me retire la camisa. Estoy flaco como un galgo. Después de verme un segundo y, como ya ha ocurrido antes, también ellos dicen algo que no puedo comprender. Hablan de mí y sus rostros no son amigables.

Tras deliberar —si es que en verdad deliberaron— uno toma un marcador fluorescente, y rayándome en distintas partes, señala con amarillo algo en donde yo sólo veo rastros de espinillas (sobre el pecho y el estómago). Pienso que los confunden con marcas de pinchazos de jeringa y luego cambio de idea: creen que las marcas obedecen a quemaduras de cigarro. Siguen hablando y la cosa se anima en tanto que algo parece haberse descubierto. No siento el frío de la tinta sobre mi piel.

Ninguna de las cosas acaba por aclararse siquiera un poco cuando el sueño termina.

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