From highway II


900*600. Illustrator. 2011
I wish I was travelin’ on a freeway
Beneath this graveyard western sky.
I’m gonna set fire to this city
And out in the desert, yeah, we’re gonna ride.
Adam Duritz, August and everything after, cuando los Countig Crows valían su peso en oro.
– – – – –
Sigo trabajando en comprender los conceptos de Kandinsky, color, espacio y sentido. La lectura es espiritualizante.
From highway II… se comporta más como una carta de tarot que como el retrato de un paisaje, en oposición a su hermano mayor (1) en el que reposa un momento de contemplación.
– – – – –
Entonces mis ideas sobre Dios y la creación en soledad no eran más que un trazo rápido en un cuaderno de misceláneas, así que ni siquiera pensé en anotar nada; además, en ese momento se trataba más de un reclamo por la existencia de la gente que atesta los lugares públicos sin poder cerrar la boca por un instante que de una postura filosófica.
– – – –
Estuve a punto de añadir un cuento delicioso, un cuento triste, un cuento hermoso. Estuve a punto, pero el diablo a mi lado me dijo “Basta, eso es todo, sólo el futuro lo merece.” Me detuve un segundo, miré hacia atrás y atrás no había nada. Nadie había pronunciado estas palabras, pero el frío que hace hoy se encargó de congelar mi cabeza hasta quebrarla. Bien pudo haber algo que en ella se metiera.
     Un cuento triste, un cuento hermoso, un objeto delicioso. Si aún estoy despierto es porque hay algo por hacer —y está siendo hecho. En las afueras siempre resta una silla para ser ocupada por cualquiera. Mientras la noche se despliega, allá están las afueras para cualquiera que se atreva. El misterioso encuentro con la realidad a veces roza, en su forma, con el sonido de un piano que se quiebra. Hebra, hebra, hebra.
     El diablo dijo —¿pero quién es ese diablo en verdad? la aspereza de silencio que se adosa a las afueras—, donde parece no haber nada, miles de ojos nos rodean. Así, nos alejamos llevando un nudo atado a la memoria que nos prestan, distraídos, quienes con sus recuerdos van moldeando su vida con la nuestra.
     Entonces el diablo es, pero sólo si nosotros somos también. Y eso le dije, pero él no respondió, entonces decidí también guardar silencio. A cambio me mostró el sendero a regañadientes. El príncipe de la mentira habló de verdades infinitas hasta que una a una, mis certezas se desvanecieran. Para este tipo de seres, mostrar un camino, creen, es mostrar el camino. Para el tipo de turistas que atraen a sus placeres, el terreno sobre el cual avanzan, se convierte en una fiel cuerda floja.
     Yo preferí andar a mis anchas, y los malabares de mi guía se distendían como resortes a fin de mantener mi libertad a flote. Cuando deseé, él lo supo, y su sonrisa no pudo ser más vil.
    —¡Pida usted, mi invitado, pida!—. Y por petición no encontró otra que una ojeada repentina.
    —El silencio en las afueras —dije haciendo descansar sobre la inmensidad una mirada espesa y banal—, goza de una extraña consistencia.
    —Perdón, pero, ¿quiere usted decir que aún en esta extensión salvaje y burda, domina en algún aspecto el orden?
    Contestaría, tras algunas cavilaciones, pero hay veces en que la defensa de una verdad personal llega a sufrir tremendas deformaciones. Por más respuesta, no obtuvo, tras una pausita horriblemente despectiva, unos hombros que a penas iban a encogerse.
     —Sólo digo las abstracciones que este paisaje suscita, pero en sí, sabemos que ‘decir’ no es más que hacernos caer en el agujero de lo ordinario.
    Fue aquí donde él prefirió no hacer más bulla, al saber que es en la palabra donde radica su poder. Continuamos con nuestra nefasta excursión casi inmóviles, a penas desarrollándonos lo suficiente como para que el vacío no nos absorbiera. Creo que a lo largo de un par de horas, no le escuché decir más que una o dos insinuaciones, desesperándose al fin.
    —¿Maestro —preguntó, como hablándose a sí mismo— no es a caso la locura humana con lo que mayormente contamos para hablar de lo ordinario?— Y su chapucero axioma hizo temblar mi elocuencia, al reconocer que el hombre asume su estulticia como el rasgo de la originalidad.
    —¿La locura? —respondí, al modo de quien no sabe qué más hacer para ganar un segundo extra—. La locura de la que usted habla no es otra cosa que esos gestos de rareza común, esa complacencia anómala en gestos exóticos, en exageraciones baratas, como la del rico que dice “haberlo dejado todo”, para terminar viviendo su dura vida dentro de un lujoso yate, pretextando la necesidad de “un poco de libertad”. Cuando hablo de locura original me refiero al acto del consagrado pianista que cambia el instrumento por unos patines, al del magnate de los diamantes que hace una fortuna preparando sándwiches de miel.
    —Bien, Maestro —se aclaró la voz el Príncipe, habiendo descubierto que las mías eran simples argucias para salir al paso— y ya que ha mencionado esas “locuras”, ¿no encuentra en las mismas esa especie de corriente pomposidad?
    Tenía razón, y al momento, mi cabeza había topado con la verdad al fin. En cuanto lo intuyó temió perder la partida y ver salir mi alma de sus manos, pero seguí respondiendo que…
Darbo Scalante

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