Buscando qué hacer.


172*130. Photoshop. Puente de Dios, San Luis Potosí. 2011

Estar en contra puede llegar a ser una condición común, una característica, una condición. A favor del azul si los demás buscan el naranja. En cuanto se enfadan del naranja, yo salto hacia él.

La ventaja de estar siempre en contra no radica en la distinción, sino en la seguridad de que el gusto comunitario suele ser por lo común el peor de los gustos.

Antidemocracia. Parte de este supuesto: la mayoría suele estar mal.

Lo que a la mayoría satisface suele ser barato, común, falto de grandeza espiritual.

Cercanía espiritual. Rezar por la mañana, encontrar en el estado en que nos deja el café una estancia propicia para la revelación.

Atisbos de espiritualidad. El silencio que nos cubre mientras observamos el mar. El silencio que acude a nosotros al cerrar un libro luego de terminarlo.

Atisbos de espiritualidad. El momento justo después de llegar al final de un libro. Tras renunciar, o ser dejado atrás por otros. Al sostener a un recién nacido —supongo. Al ver el mar. Luego de haber vencido un obstáculo impuesto por la naturaleza.

La soledad más patente apareció alrededor de mí en el balcón de un café, un silencio musical a media mañana, luego de terminar un libro de Hermann Hesse.
Tras terminar, dejé el tomo sobre la mesa y miré con parsimonia el paisaje. Abajo, algunos estudiantes descansaban en en jardín de la Rotonda; un poco más allá, en sus bancas, los desempleados de costumbre ojeaban con desinterés el periódico y los jubilados daban de comer a las palomas, relajados por un aire de agradecimiento; al otro lado, oficinistas desfilaban en escuetas direcciones hacia sus escritorios a la manera de las escaramuzas.
En suma, nada había cambiado, sin embargo, ahora se volvía cristalino y noble, aún en sus vicios.
En mi cabeza no había preguntas, sólo una dulce sensación de orfandad mantenía irisados mis sentimientos. El cielo limpio y radiante —como es costumbre en las latitudes de la primavera—, vibraba con el candor de una lágrima, y del clima, apenas me rasguñaba un frío juvenil —no sé cómo decirlo de otra manera.
Di un trago de la taza fría y tanteé los bolsillos para encontrar la caja con los cigarros. La soledad era concreta, gélida y abrupta, aunque de forma extraña era también maternal y amiga, amable como el mecer de un ave sobre la rama. No me molestaba verme cristalizado en ese aburrido cliché porque había llegado a él sin saber cómo y además, la mesera lucía tan bien allá en la sombra, concentrada en arreglar los manteles, como el capricho de un pintor para tal escenografía. Hice un ademán por tomar nuevamente el libro pero un incipiente gesto de madurez intelectual me detuvo. Buscar la libreta resultaba también inútil. La totalidad parecía una animación de Walt Disney y mis juicios, mansos náufragos a la deriva. Ahora, en plenitud de mis sentidos y dotado de una implosión de energía, sólo hacía falta distinguir en paz la forma que esa soledad artística adquiriera en mi vida.

Lo que está bien para la mayoría denuncia una falta de firmeza en el juicio propio… a menos que todos estén de acuerdo conmigo.

Darbo

One response to “Buscando qué hacer.

  1. Marcela Moreno 21/09/2011 at 10:03

    Siempre pasa eso desde el Sandy’s de la Rotonda, por cierto qué chidas imágenes :D

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