La conclusión modesta.


—En tu irónico comentario plagado de arrogancia descubro algo, querida.
—¿Qué?
— Lo muy habituados que estamos todos a creernos los únicos capaces de hacer bien las cosas.
Nuestra costumbre a no equivocarnos va tensando a través del tiempo la cuerda que disparará el hacha sobre nuestro cuello.

Los errores más estúpidos son los que nos costarán más caros.

Persuadirse de que siempre se está en lo correcto ha de ser posiblemente el primero de una larga cadena de desafortunados errores.

—No confío en él, es demasiado imbécil.

Le basta a un imbécil ser sólo lo suficientemente tenaz como para sobresalir a pesar de sus errores. El hecho lamentable de esto es comprobar que su tenacidad sea producto de su imbecilidad más que de su voluntad.

¿Para qué nos sirve un imbécil con una enorme fuerza de voluntad? Para no preocuparnos, a parte sufrir y tener que solventar las consecuencias de su imbecilidad, con la tarea de tener que mantenerlo a flote.

La fuerza de voluntad de un imbécil puede ser el resultado de esa misma imbecilidad. Es como la bestia que tira del arado tratando de liberarse de él.

Tienden a ser tomadas como genialidades las respuestas correctas de un imbécil dado el contraste al que se someten.

Juzgar como una solución idónea la recomendación de un imbécil puede ser el resultado de dos situaciones:
1) El imbécil tuvo suerte
2) Estamos tomando una mala decisión
Frente a esto, antes de creer que la suerte se inclina a favor del desgraciado, debemos considerar la escasez del recurso y que, por otro lado, el vicio vuelve más sencillo el tornarnos a nosotros imbéciles a que la virtud logre hacer lo propio con el idiota.

Aunque el resultado no proyecte en su totalidad la perfección debida, dicha perfección debe ser siempre la aspiración durante el desarrollo y ese rasgo, respirable en el resultado, será el aliciente que inspire a los receptores de la empresa y el motivo para mejorar en el artista.

Las obras de las personas hablan tanto de la calidad de personas que son de quienes se está hablando.

Desde la inconsecuencia de mi lugar al frente de una computadora.  Desde aquí trato de dar un puñetazo al mundo, pues nada logra saciar mi sed de violencia.

La violencia sólo asusta a aquellos que, en el momento dado de verse irremediablemente en la necesidad de utilizarla para salir avantes, no serían capaces de inclinar su uso a su favor.

Resuelve dudas. Nunca debería preocuparle a nadie —y es muy cierto que existen aquellos a quienes no les preocupa— cubrir la necesidad de resolver las posibles dudas que ventilen sus escritos. Sin embargo, he resultado ser un temeroso, un temeroso de mis conocidos —un error para alguien que busca vivir por siglos en la mente de la humanidad La violencia de las armas, de los puños, de los gritos, tan aborrecible, tan infantil, tan perdedora.

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