Sueño


Idea. Dibujo a pluma sobre papel Bond. 2007?.

Abordo de la camioneta de Sergio vamos él, una niña desconocida que conduce de edad imprecisa y yo; ella tendrá entre cuatro y ocho años; va con vestido negro de terciopelo con aplicaciones en blanco y creo que un broche en la cabeza. Me parece que es de cabello castaño claro, de esos cabellos que son lacios en la parte de arriba y que antes de las puntas comienzan a quebrarse.
Sergio y ella me conducen a algún lugar, creo.
Platicamos con mucha confianza y de vez en cuando reímos.
Es de día –como mediodía– mientras avanzamos por un camino que tiene al lado izquierdo una muralla de montaña terregosa y al derecho un barranco, que termina allá abajo uniéndose al mar. El paisaje es impresionante.
Así, tras largo rato de seguir por el camino atestado de cuestas que sorteamos –es un camino empedrado, muy delicado y elegante, con “bastillas” a los lados, como las banquetas– nos detenemos por fin en aquello que parece ser el fin del camino.
Bajamos de nuestro vehículo quedando frente a unas puertecitas de forja de hierro pintadas de negro. Están abiertas, para entrar sólo era cosa de jalarlas –de cualquier manera no nos hubiera costado ningún trabajo franquearlas, pues apenas llegaban a la altura de nuestras rodillas– y, a pie, seguimos por un camino de cemento.
Es un lugar lleno de árboles, como un bosque. Todo seccionado en cuadros por el mismo tipo de reja del que estaba hecha la puerta, son tumbas. Hay escalones a todo lo profundo del lugar. No escaleras, sino que, digamos, donde termina uno de los terrenos que ocupa cada tumba baja otro nivel o sube, derivando en algo bastante laberíntico.
Sigue siendo de día pero ha atardecido, el cielo es gris y todo está muy fresco, será por los árboles, que son de hojas grandes.
Los tres juntos andamos por ahí y en cuanto vemos a unas personas –unos hombres y mujeres como menonitas– nos dirigimos hacia ellas pero éstas empiezan a caminar perdiéndose en una vuelta del laberinto. Tratamos de alcanzarlas, pero, como en los sueños, nos resulta imposible andar más rápido, perdiéndolas de vista definitivamente.
Se fueron en cuanto vieron que nos acercábamos, sabían que queríamos preguntarles algo, i’m fuckin’ sure.
De pronto, empezamos a escuchar voces de niños. Giro en redondo y tras de mí está un chaval como de ocho, güerito y vestido también de negro, vestido como un niño. Está distraído como buscando algo o jugando, pero estático o mejor dicho, de pie, hablando hacia sí mismo. Me acerco y le toco la cabeza pero él no hace caso; sin dejar de estar tranquilo, empiezo a sentir un poco de miedo, es entonces cuando el sueño se torna lúcido.
Enseguida vuelvo a ver a sergio y a la niña –o por lo menos los percibo como si siguieran ahí– y veo a otra niña. Como el niño güerito, también está despreocupada pero ella sí busca algo o a alguien, la cosa se está poniendo fea. Voy más atrás en el laberinto y cada vez a un nuevo niño en la esquina de cada tumba, en suma vi tres sin contar a nuestra acompañante del comienzo, pero sabía que eran más.
Poco a poco me alejo en la consciencia de ese lugar.

– – –

Apéndice

El camino era de piedra rojiza y bastante bien cuidado. Parecía como de un coto residencial o, ahora que lo pienso, como de un parque funeral. Cada vez que íbamos llegando a la parte más empinada de cada loma, era imposible ver si el camino seguía, lo que ocurría efectivamente, dando tras cada nueva elevación una violenta curva hacia la izquierda.

He de decir que antes de llegar definitivamente al panteón, nos detuvimos varias veces, tras pasar cada uno de los cerritos del camino, para ver si habíamos llegado ya al sitio que buscábamos, algunas veces frente a casas blancas de dos pisos rodeadas de bugambilias.

La niña era blanca y a pesar de su corta estatura, no tenía ningún problema para maniobrar la camioneta.

Sergio y yo teníamos nuestra edad actual.

Sergio iba en medio y yo a la derecha, con la ventana abajo.

Creo que no fumábamos (necesito ahora mismo un cigarro).

El cielo estaba limpio, con algunas nubes blancas delgadas e hinchadas.

Las personas que vimos dentro del cementerio eran tres o no más de cinco, pero daban la sensación de ser muchos o una pareja, vestidas al tipo feudal.

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