Slippery snake | Transitions for space



700*400. Illustrator. 2008

Llamada originalmente “La serpiente subrepticia” la pieza adolece de lo mismo que mucho de sus hermanas: un nombre inspirado en el poder sonoro de sus palabras. Es verdad  que existe una serpiente reptando subrepticiamente por el campo del cuadro, pero quizá entonces deseé ser un tanto enigmático: una serpiente escurridiza no siempre tiene por qué ser subterránea y… no sé, son consideraciones a tres años después de haber sido inspirado por un evento poco relevante ahora.

Los eventos actuales no han dado paso a la revelación, las dudas siguen siendo las mismas pero irán en aumento, y mientras, nos obligan a alejarnos aún más de la verdad. Entre la realidad y la aspiración repta una serpiente dividiendo con justicia mundos que deben permanecer separados: ¿en qué se convierte un anhelo cristalizado entre las manos? al principio puede constituir incluso una verdadera razón para seguir viviendo, pero al poco, aquél brillo que ostentaba en la lejanía se pierde al perder su lugar entre los efectos de la eternidad.

El verdadero secreto y potencia de un anhelo no es otro que el de mantenernos jalando la cuerda del destino, aproximándolo constantemente hacia nosotros… digamos que el anhelo posee la capacidad de mantenernos viviendo.

Soy de la idea que cierto género de personas de veta dictatorial sólo se mantendrán con vida mientras que sus designios puedan seguir impactando a su entorno, se trata de gente que no soporta ser pasada por alto, gente cuyo anhelo es ver a todo un pueblo rehecho a su imagen y semejanza. Derrócalos y ellos se encargarán de morir por sí solos, pues al alejarlos del poder los alejas también de la cinta que los conectaba al destino que les daba sentido.

Los dictadores —más que otra especie de fanáticos—, están persuadidos de su imprescindible naturaleza, y el riesgo que representan es sólo inversamente proporcional a la capacidad de su pueblo de juzgarlos imprescindibles. El dictador se considera el buen padre que, aún a pesar de respetar o no la libertad de sus hijos, se considera a sí mismo como el único capaz de poder representar un verdadero bien para éstos. El dictador no busca el poder como una necesidad de saciar un apetito satánico de dominio y autolegitimación: lo hace psicológicamente afectado y convencido de ser la única posibilidad viable para la salvación de los hijos de la patria que representa. El dictador es un mártir. Él no desea ser lo que es, lo es en virtud a la voz esquizofrénica que repite en su cabeza que debe serlo. El dictador es una víctima, en unas ocasiones, incluso de sí mismo, pero la mayoría de las veces, de “un pueblo desobediente” que no sabe cómo mantenerse en el camino para llegar al destino que le toca.

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