En la hidroeléctrica


Vista de la Yesca. Darbo Scalante
C
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La Yesca


Dani, o “El Dani”, no dejaba de pregonar a los cuatro vientos que él, con cuatro mil pesos en la mano, había logrado poner a bailar, hombre con hombre, a más de quince parejas de jornaleros sedientos de alcohol pero con más avaricia que virilidad. Dani repetía, como apoyándose en sus tirantes, que el hombre no puede divertirse naturalmente sin una gota de alcohol, pero que él —de la mano de sus cuatro mil— lo había logrado y que de eso, bueno, “no había por qué sentirse orgulloso”, pues “era parte de su trabajo”. Sin embargo, cada que tuvo oportunidad de recordárnoslo, ahí nos interponía su figura magnificente, una visión tan original que sería capaz de derribar cualquier canon existente para el showman de línea.

Cuánto más iba a decir aquél. No podíamos pararlo. Se revolvían entre los dientes lengua y ganas de decir lo que fuera: dichos, logros, muertos. Todos y todo habían pasado por esa condensación de sentidos receptivos, habían dejado un motivo, una comezón en el silencio. A Fioro le cayó ¿mal? desde el principio, sería que sólo faltaba que yo dijera algo. Al principio guardé la decencia, porque no sé cómo comportarme ante la gente nueva.

Entonces esperé hasta avanzado el viaje para poder hablar. No dije mucho, sin embargo. Leí un rato muy a costa del ruido y las ganas de contradecir, de soltar uno que otro dicharacho ecologista para que todo se viniera abajo. Íbamos rumbo al centro del desequilibrio ecológico más cercano a la zona y no pude resistir las ganas de echar por tierra la buena intención del progresista en ciernes.

El hombre se sentía Dios: nosotros respirábamos gracias a los alcances que tenía su puesto a los alrededores de la comarca y el clima era tan hostil, el paisaje parecía una puerta entreabierta y la hielera, el último bastión de cordura en varios kilómetros a la redonda… así que le di la razón mientras viajábamos en el autobús, luego ya veríamos.

—Nomás le dije “a ver, mi “Dani” déme chanza” y oí la primera risa del Fioro.

Había dado en el blanco: mientras que todos le veían como un idolito envuelto en papel maché, al Fioro ya le había, diría, llenado los bolsillos de shit. “Era porque sabe cómo hablaba, sabe qué aire de ‘todos me la pelan’ terminaba acercándomelo…” más a la burla, al papel de lambiscón, al lugar del oprimido. El Dani no era, después de otras palabrillas, le gustaría decir, más que un guiñapo sindicalizado, otro de esos que no saben por qué razón siguen con vida y a qué se debe su desgraciada buena suerte, un hablador con la promesa de varias cervezas por delante.

— Como puedes darte cuenta, aquí no hay fauna.

El paisaje, como una rebanada exuberante de durazno, mantenía con aplomo su dureza sostenida por cerros pelados y caminos de terracería en la última etapa. Durante los últimos minutos del trayecto, descendíamos persistentemente, conducidos por las descripciones que “El Dani” hacía volar hasta nuestros oídos como serpentinas arrogantes a cada torcedura del camino.

—¿No ves esos pinches zopilototes? Luego, ¿entonces a qué le llamas fauna tú? y los letreros de precaución sobre las serpientes… Este hombre debía creer que el desierto del Sahara estaría igual de muerto que la superficie lunar.

Pero como casi todo, esto no era ni malo ni bueno, había otra vez que relativizar, que matizar, que… hacer caer dentro de lo “lógico”. Simplemente “Dani” desconoce las características de la vida, su rudeza para imponerse al medio y su fragilidad para irse al demonio cuando entra el hombre en acción. Luego nos ofreció el lugar jugándose el puesto —no lo diría él—, nos dejaría hacer esto y aquello que comúnmente no es muy visto por ahí… me regalaría la oportunidad de enfrentarme a una tarde inolvidable acompañado de mi hermano.

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