Macy Gray stumbling with her charming prince


600*600. Illustrator. 2008 Si bien nunca he escuchado la música de Macy Gray, su nombre me ha parecido los suficientemente musical como para planear hacer algo con él y no dudaría en afirmarle que “ella me inspiró” a través de una portada donde aparece envuelta en plumas o peluche, no recuerdo del todo qué era lo que era.

En momentos en particular, el sólo sonido de un nombre, el olor de una habitación, los colores de una prenda en una persona, un gesto mínimo… activan imperceptibles sensaciones capaces de afectar todo nuestro entorno, alterando cualquier resultado, a veces gravemente. Un leve movimiento de cejas ha convertido al que tenemos frente a nosotros en un ser abominable incapaz de congraciarse luego bajo ninguna circunstancia. Ahora le escuchamos decir esas ideas —con las que otrora coincidiríamos sin problema— como sosa palabrería, presuntuosa y absurda.  Nos tornamos propensos a la idealización o al prejucio tan pronto como dichas influencias comienzan a trabajar a nuestro alrededor. El paisaje se transforma en una evocación de otros días por hallarse envuelto en el olor de las mismas flores que acompañó aquellos tiempos y su presencia real es como de sueño y nosotros, en el presente, nos comportamos como un recuerdo.

Macy Gray tenía sonido de una historia emocionante de bar y era justo ponerla en movimiento.

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