Arrobamiento


800*500. Illustrator. 2008

Para mí, la ejecución de un instrumento dentro de una pieza musical representa un deleite comparable con muy pocas cosas, podría ser algo paralelo al goce por el que atraviesa un deportista al cruzar la meta en primer lugar o al ver cómo el esférico que dispara va describiendo una parábola perfecta que culmina en la anotación. Este paralelismo encaja en la siguiente situación: el intérprete despega de la melodía para ejecutar su ‘solo’, perdiéndose un poco en su divagación íntima, olvidando todo lo demás; tras un rato, al lograr desenredarse de ese encuentro con la musa, llega la hora de volver al mundo real… ¿pero cómo? cayendo en el justo momento donde los otros instrumentos coinciden en tiempo, espacio y armonía. Es ese instante en el que el éxtasis cobra una angulosidad extrema, llevando la sensación a un encuentro sinestésico entre matemáticas, sonidos y deseos.

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